Nostalgia de los conservadores

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Artículo de opinión de Daniel Innerarity @daniInnerarity publicado el 15/10/2026 en @el_pais (enlace)

Nostalgia de los conservadores

Me gustaría escribir un elogio de los conservadores, que tan mal se entienden a sí mismos y son tan poco comprendidos por otros, una especie ideológica ahora escondida detrás de esa ultraderecha que se le parece menos de lo que creen. Los conservadores han sido y son más relevantes en la defensa y en la erosión de la democracia de lo que pudiera pensarse. La actual desaparición del centro y de la moderación, la toxicidad y polarización del espacio público, se deben en buena medida a la práctica extinción de los conservadores: a la desnaturalización de la derecha italiana que llevó a cabo Berlusconi, a la irrelevancia del gaullismo francés tras Sarkozy, a la inestable frivolidad de los tories británicos, a la desaparición de los conservadores en el Partido Republicano controlado por Trump, por citar solo algunos ejemplos. Sin los conservadores se debilita ese elemento de estabilidad y previsibilidad tan importante para que la democracia propocione la medida oportuna de cambio y duración.

La limitada ambición transformadora de los conservadores les hace poco atractivos, pero han conseguido que mucha gente temerosa moderara su reticencia al cambio y aceptara innovaciones dosificadas. Por supuesto que los conservadores no son unos entusiastas del progreso, pero han sido más realistas a la hora de entender la debilidad humana y la pereza de las sociedades al cambio y por eso pueden sentirse más cerca de la gente, al menos en estos aspectos. Pocas veces toman la iniciativa del cambio, con frecuencia se resisten y luego suele ocurrir que no cuestionan los derechos conquistados (matrimonio homosexual, por ejemplo). Golo Mann caracterizaba al «carácter conservador» como un puente entre lo antiguo y lo nuevo, mientras que los desinhibidos reaccionarios desestabilizan, impulsan la disrupción e incluso pretenden el retorno hacia el pasado. Los conservadores no consideran la vuelta al pasado ni posible ni desable; solo quieren cambios moderados y sostenibles, que no nos incomoden demasiado ni obliguen a renunciar abruptamente a lo que somos y tenemos. De este modo han proporcionado en muchas ocasiones la estabilidad y equilibrio necesarios para que tuvieran lugar determinados cambios que requerían también una cierta moderación y continuidad. Quien suscribe un compromiso se obliga también a dar una continuidad a lo pactado.

Dos de las principales innovaciones políticas del siglo XX (la Unión Europea y el Estado de bienestar) no hubieran sido posibles sin su contribución. Ambas son el resultado de sus acuerdos con la socialdemocracia, algo que ahora puede resultar más difícil de entender precisamente porque destaca más su actual falta de apego a lo que contribuyeron a construir. Con respecto a la Unión Europea, recordemos que los democristianos gobernaban en los seis Estados fundadores y ningún paso relevante se ha dado sin su apoyo, al menos hasta que fueron sustituidos por familias políticas con otros rasgos ideológicos no estrictamente conservadores, sino ultraliberales o populistas. Su compromiso europeista se ve ahora erosionado de diversas maneras, especialmente cuando trasladan a las instituciones europeas muchas cuestiones domésticas que desfiguran su función supranacional. Y el hecho de que cada vez voten más con la extrema derecha contraviene esa centralidad que han tenido las sucesivas Comisiones Europeas, unas más de centro derecha y otras más de centro izquierda, pero que nunca han pretendido la alternancia estricta de izquierda y derecha que puede tener todo el sentido en los Estados nacionales y ninguno en las instituciones europeas.

Algo muy similar puede decirse de la gran innovación del Estado de bienestar, que no habría tenido la ambición y sostenibilidad que le caracterizaba sin el compromiso de los conservadores. La idea de «economía social de mercado» fue un gran acuerdo histórico por el que conservadores y socialdemócratas incorporaron a su respectivo cuerpo ideológico aspectos con los que no contaban inicialmente. Y a este respecto me gusta recordar que la CDU del democristiano Adenauer aceptó lo social antes de que los socialdemócratas del SPD renonocieran el valor del mercado. Otra cosa es lo que sucedió a partir del giro neoliberal, donde comenzó un desplazamiento que implicaba un desapego hacia esa dimensión social y que ha terminado por ocultar a los conservadores tras la extrema derecha.

En cualquier caso, conviene no perder de vista las notables diferencias entre los conservdores y los reaccionarios. Siguiendo a Roger de Weck, podrían sintetizarse esas diferencias en que los conservadores conocen más sus límites que los reaccionarios, tienen un sentido de realidad del que parecen estar desprovistos los radicales (llegando estos incluso a creerse aquello de la realidad alternativa), defienden la ley y el orden, mientras que los reaccionarios ven en el caos el mejor instrumento para aumentar su poder, buscan soluciones de compromiso para los problemas de los que los reaccionarios aspiran únicamente a servirse, unos quieren construir gradualmente y otros desprecian en el fondo quienes quieren conservar.

Todo esto es la teoría y parte de la historia, pero tiene ya muy poco que ver con el presente. Los conservadores han desaparecido o se han transformado radicalmente. Valga como ejemplo el hecho de que los conservadores no están especialmente bien dotados para las luchas culturales, que son más rentables ideológica y electoralmente para la extrema derecha. La ultraderecha se ve favorecida poniendo el foco en determinados temas (mejor la migración que la economia, por ejemplo) y se sabe más dotada para el espectáculo, maneja mejor las emociones que los argumentos. ¿Cómo deberían actuar los conservadores en una época posliberal que cuestiona el libre comercio, desmonta la globalización en la que desarrollaron su visión del mundo libre y abierto, desprotege la propiedad, exonera la responsabilidad (desde que descubrimos que los bancos eran demasiado grandes para caer y había que rescatarlos)?

Inseguros y ansiosos, los conservadores se enfrentan ahora a decisiones trágicas para configurar alternativas de gobierno, lo que les ha llevado a elegir como socios a quienes son sus verdaderos enemigos, con un rumbo que les puede proporcionar más poder, pero que fragiliza su cuerpo ¡deológico, que tiene graves costes en términos ideológicos, pérdida del espacio natural, identidad política y compañeros fiables de viaje. Como consecuencia de no haber entendido que el verdadero adversario de los conservadores está a su derecha y no tanto a su izquierda, la alianza antinatural entre eso que se llamaba el centro derecha y la ultraderecha se devorará a los primeros.

¿Cuánto se recuperarán los republicanos del paso de Donald Trump, los viejos gaullistas de la hegemonía de Le Pen en la derecha francesa o los conservadores británicos del periodo en el que han ido encadenando primeros ministros populistas y que no ha servido más que para impulsar a Nigel Farage? ¿Cuánto tiempo resistirá Merz la presión de los suyos para renunciar al cordón sanitario con AfD? ¿Qué próximo lider del PP será capaz de recuperar ese espacio natural abandonado para intentar arañar votos de Vox o conseguir una suma que terminará haciéndolos irreconocibles? La asunción de los postulados de la extrema derecha constituye un verdadero suicidio ideológico para los conservadores.

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Daniel Innerarity

Director de Globernance (Instituto de Gobernanza Democrática) Catedrático de Filosofía Política, investigador «Ikerbasque» en la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y profesor en el Instituto Europeo de Florencia. Ha sido profesor invitado en la Universidad de La Sorbona, la London School of Economics, el Max Planck Institut de Heidelberg y la Universidad de Georgetown. Ha recibido varios premios, entre otros, el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Su investigación gira en torno al gobierno de las sociedades contemporáneas y la elaboración de una teoría de la democracia compleja. Sus últimos libros son “La política en tiempos de indignación” (2015), “La democracia en Europa” (2017), “Política para perplejos” (2018), “Comprender la democracia” (2018), «Una teoría de la democracia compleja» (2020) y «Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus» (2020). Es colaborador habitual de opinión en los diarios El Correo / Diario Vasco, El País y La Vanguardia. www.danielinnerarity.es

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