Para qué se hace una coalición

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Artículo de opinión de Cristina Monge  @tinamonge  publicado el 29 de mayo de 2022 en InfoLibre (enlace).

Poco a poco se va entendiendo que el mantra de la unidad de la izquierda no funciona siempre y en todo lugar. Las coaliciones electorales las carga el diablo, y es bien sabido que en política dos y dos raramente suman cuatro. Entre otras cosas porque, a diferencia de lo que ocurre en las Ciencias Exactas, en este terreno las sumas siempre llevan aparejada alguna resta. Es decir, no todos los votantes de las formaciones que integran la coalición están de acuerdo con la misma y pueden ver como una traición y una pérdida de identidad el acuerdo. Por lo tanto, de partida, muchas coaliciones salen con pérdidas de votos. ¿Cómo revertir esto?

Para que las coaliciones —entre partidos no mayoritarios, se entiende— sean exitosas deben darse, al menos, dos condiciones: una de carácter técnico y otra política. La técnica la conoce cualquier aficionado a estos asuntos, y es que cuanto más pequeña sea una circunscripción —y por tanto menos accesible en un sistema proporcional— más interesa aglutinar el voto mediante alianzas que sumen. Por el contrario, en las circunscripciones grandes, donde se reparten más escaños, caben las alegrías y es perfectamente factible que existan diversas candidaturas en un mismo espacio ideológico que eviten la pérdida de votos de las coaliciones siempre y cuando todas llegue al mínimo porcentaje requerido en la realidad (no sólo el legal). Existe una enorme diferencia entre elegir 11 diputados, como es el caso de Huelva y Jaén, o 18, como ocurre en Sevilla.

Una coalición resultará exitosa cuando consiga que el todo sea más que la suma de las partes, y esto sólo ocurre cuando se es capaz de levantar un movimiento de ilusión capaz de superar las penalizaciones cruzadas de los electores de cada formación

Sabido todo esto, lo realmente estratégico es entender la condición política. Una coalición resultará exitosa cuando consiga que el todo sea más que la suma de las partes, y esto sólo ocurre cuando se es capaz de levantar un movimiento de ilusión capaz de superar las penalizaciones cruzadas de los electores de cada formación y los límites del sistema electoral. Esa, y no otra, es su razón de ser. Si no, el coste de ponerse de acuerdo, renunciar a candidatos, idearios e identidad propia, y decepcionar a algunos afines, no merece la pena.

Si se tienen en cuenta todos estos elementos, es tremendamente difícil entender lo que el espacio “a la izquierda del PSOE” está haciendo en Andalucía. Complicado explicar que en un escenario de posible gobierno de la derecha con la ultraderecha, Por Andalucía no sea una marca común del conjunto de ese sector. Desde las filas que lidera Teresa Rodríguez se dirá que después de que Podemos e Izquierda Unida les expulsaran del grupo parlamentario común de la extinta Adelante Andalucía —Andalucistas, cambiaran incluso el Reglamento de la cámara para poder hacerlo (llevándose por delante el pacto anti—transfuguismo, como ya se explicó aquí) y se hayan dedicado a excluirles de todo, era muy difícil compartir candidatura. En efecto, es posible que así fuese, pero ¿no merecería la pena hacer el esfuerzo? Es más: podrían haber acordado en qué provincias iban juntos o separados en función de las circunstancias. No hubo manera.

Más difícil de entender aún ha sido el espectáculo de la presentación de la coalición pasado el último minuto y tras una partida de póker que a punto estuvo de echarlo todo por la borda. Un pulso a cara de perro entre organizaciones hermanas en la peor de las tradiciones de la izquierda; esa que dice llevar cuatro décadas haciendo autocrítica. Finalmente, un acuerdo consiguió salvar los trastos en la más absoluta precariedad y gracias a una sensatez infinita de muchos cuyas caras no conocemos pero que han mantenido la cabeza fría y han decidido no hacer acopio de agravios (al menos, en público).

Si todo esto resulta difícil de explicar, lo que parece ya incomprensible es que Por Andalucía haya recurrido el plan presentado por la televisión pública andaluza para cubrir la campaña electoral, debates incluidos, de forma que Adelante Andalucía, la formación encabezada por Teresa Rodríguez, no pueda participar en los mismos. ¿A qué cultura progresista pertenece esto de vetar a los que tienes al lado? Sí, ya sé… a esa de la autocrítica. En su recurso, Por Andalucía llega incluso a pedir que se supriman del plan de Canal Sur las entrevistas a Teresa Rodríguez “por cuanto se trata de la candidata de una formación que no alcanza siquiera a la consideración de grupo político significativo”. En efecto, como se ha dicho, la expulsaron del grupo parlamentario que formaban conjuntamente porque juntos concurrieron a las anteriores elecciones.

¿Por qué esta reacción tan destemplada? Más allá de cuestiones personales, que no dudo que existan, se percibe el miedo a unos debates polarizados entre Teresa Rodríguez y Macarena Olona, donde el resto de formaciones, incluida Por Andalucía, pudieran verse diluidas. Quizás sea así, pero ¿puede una coalición progresista, recién nacida y con la debilidad descrita, pagar el coste de semejante operación? ¿De verdad piensan que van a generar ilusión entre sectores progresistas reproduciendo los peores tics de las peores izquierdas?

La campaña empieza en unos días y veremos cómo evoluciona. Los dos hándicaps con los que nace Por Andalucía —no haber sido capaz de integrar a todo el espacio y el lío de la presentación de candidaturas— podrían subsanarse si en las tres semanas que quedan son capaces de levantar ese movimiento de ilusión que pueda ensanchar su espacio. El recurso al plan de Canal Sur para sacar a Teresa Rodríguez de los debates y del resto de coberturas camina exactamente en el sentido contrario y se puede volver en contra de la coalición. La decisión queda en manos de la Junta Electoral, pero el daño de verdad, el político, ya está hecho. Es difícil pensar que las heridas puedan cicatrizar cuando en cada ocasión que se presenta se aprovecha para hurgar en ellas.

Cristina Monge

Cristina Monge es politóloga y doctora por la Universidad de Zaragoza, donde elaboró, en el Departamento de Derecho Penal, Filosofía del Derecho, e Historia del Derecho, su tesis doctoral sobre la idea y práctica de participación en el movimiento del 15-M Máster en Unión Europea por la UNED, Postgrado en participación ciudadana por la Universidad de Zaragoza, Máster en comunicación política por la Universidad Autónoma de Barcelona, y experta en función gerencial de ONGs por ESADE. Profesora asociada de Sociología en la Universidad de Zaragoza y tutora de Sociología y Ciencia Política en la UNED, colabora en centros de formación como el INAP y en estudios de postgrado de distintas universidades en materias relacionadas con la participación ciudadana, la calidad democrática y la emergencia climática. Es asesora ejecutiva de Fundación Ecología y Desarrollo y miembro del consejo asesor de la Fundación Renovables. Analista política para El País, Cadena SER, TVE, Infolibre, Green European Journal, y miembro del consejo editorial de la revista Ethic. En Agenda Pública coordina la sección de Transición Energética. Es autora de la monografía 15M: Un movimiento político para democratizar la sociedad (PUZ, 2017), que recoge buena parte de su tesis doctoral, y co-editora de la colección Más Cultura Política, Más Democracia (Gedisa), en la que además ha publicado Hackear la Política (2019).

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