Mozart tomado en serio

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El anterior centenario de Mozart -el bicentenario de su muerte en 1991- ofreció una imagen muy postmoderna del compositor, sin dramatismo y más bien terapéutico. En general, Mozart fue presentado como el esperado mensajero de una armonía preestablecida, como ahuyentador de las preocupaciones y las seriedades de la vida. Todos los estereotipos que adornan su figura tuvieron la acogida que cabía esperar por parte de un público deseoso de vengarse de la gravedad de las cosas y rodearlas con una inocente atmósfera de ligereza. Una prueba de la falta de riesgo que caracterizó aquel bicentenario es el hecho de que ninguna casa discográfica se atreviera en serio con ‘Zaide’, una opereta fragmentaria y difícil, pero de gran interés musical. Todas se limitaron a reproducir prácticamente lo mismo. Siguió primando el cliché que asocia la música de Mozart con la jovialidad ingenua y la fácil espontaneidad. Como si no fuera cierta aquella célebre afirmación de que las sonatas de Mozart son demasiado fáciles para los niños y demasiado complicadas para los pianistas. No le faltaba razón a Schönberg cuando replicaba bruscamente a quien le había pedido que escribiera algo sencillo ‘à la Mozart’: la música de Mozart es cualquier cosa menos fácil.

Es posible que nos hayamos acostumbrado a buscar en Mozart un entretenimiento superficial y que no advirtamos suficientemente su vertiente dramática, las expresiones musicales de tristeza y melancolía, de serenidad y turbación. En toda su obra hay rasgos autobiográficos de gran tensión dramática. Pensemos, por ejemplo, en el enigmático ‘Réquiem’ o en la sonata para piano que compuso tras la muerte de su madre. Es sorprendente lo que comunica a su mujer en una carta del 9 de julio de 1791, o sea, cinco meses antes de su muerte: «Voy al piano y canto algo de una ópera, pero enseguida debo dejarlo. Me emociono mucho. ¿Basta!». El lector contemporáneo apenas puede disimular su extrañeza ante esa sensibilidad, enfermiza quizás para nuestro modo de gozar con la cultura, pero en cualquier caso reflejo de un arte tomado en serio, ajeno a los diletantismos con los que nos protegemos de la pesadez de lo real.

Probablemente sea Goethe -que en 1795 proyectó escribir una segunda parte de ‘La flauta mágica’- uno de los culpables de este estereotipo que de Mozart hemos recibido. Comparaba al compositor con Rafael, subrayando la coincidencia de ambos en el equilibrio, la luminosa serenidad, la levedad y la perfección. El Mozart comercializado nos ha sido presentado con una familiaridad que contradice su verdadera figura, misteriosa y huidiza. Su personalidad nos es más esquiva de lo que parece; algo que no debería extrañar a quien haya leído lo que en cierta ocasión escribió a su padre: «Usted sabe que yo, por así decirlo, me escondo en la música». Esta vertiente contradictoria y enigmática de su personalidad merecería ser examinada con rigor -y así lo han hecho biógrafos de la talla de Wolfgang Hildesheimer y Norbert Elias- para no sucumbir ante los tó-picos, pero, sobre todo, porque sería muy beneficioso como contrapunto de la banalidad de nuestro mercado cultural, donde no vende lo que incomoda.

Uno de los escritores que mejor ha comprendido esta nueva constelación ha sido Milan Kundera. En ‘La inmortalidad’ hace una interesante observación que tiene mucho que ver con todo lo anterior. «La gente ya no conoce de la novena de Beethoven sino los cuatro compases del ‘Himno a la alegría’ que oye cada día en el anuncio de un perfume. Eso no me indigna. La tragedia será expulsada del mundo como una actriz vieja y mala que se lleva la mano al corazón y declama con voz ronca. Las cosas perderán el noventa por ciento de su sentido y se harán cada vez más ligeras. En semejante atmósfera de ingravidez desaparecerá el fana-tismo. La guerra será imposible». Que de tan sonada celebración recordemos tan sólo un par de compases de la ‘Serenata nocturna’ o el co-mienzo de algún aria de ‘La flauta mágica’ puede ser simplemente un síntoma de falta de memoria musical. Pero puede también responder a una falta de sensibilidad hacia otros aspectos de la obra de Mozart -sus desgarros, su melancolía, sus abismos y contradicciones- que fuéramos incapaces de percibir porque estamos acostumbrados a salir despavoridos ante cualquier tensión que asome en nuestra propia vida. Alguna inquietud atravesaba el alma de quien puso en boca de un niño: «Oh, paz favorable, desciende, / vuelve a los corazones de los hombres».

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El Instituto de Gobernanza Democrática, Globernance, es un centro de reflexión, investigación y difusión del conocimiento. Su objetivo es investigar y formar en materia de gobernanza democrática para renovar el pensamiento político de nuestro tiempo.

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