Artículo de opinión de Daniel Innerarity @daniInnerarity publicado el 18/07/2026 en @LaVanguardia (enlace) (enllaç)
Elogio del cálculo político
El cálculo tiene mala reputación. Una persona calculadora nos parece interesada, cundo no egoísta y ruin. Los pensadores de la primera generación de la Escuela de Frankfurt criticaron lo que llamaban razón instrumental, una racionalidad que buscaría la eficiencia de los medios sin atender a los fines y valores. En el trasfondo se encuentra aquella célebre distinción de entre convicción y responsabilidad; cuando Max Weber habló de las dos grandes máximas que rigen la acción política, no estaba sugiriendo que la convicción era el espacio de la moralidad y la responsabilidad el de la racionalidad, sino que ambas eran valores morales que la política debía atender, aunque su compatibilidad y equilibrio no fuera nada fácil. No calcular bien —o no calcular en general— acarrea muchos males, por lo que bien podríamos considerar que el cálculo es una obligación moral. Además, hay quien se desentiende de los efectos de sus acciones no porque tenga elevadas convicciones sino porque tiene poderosos intereses. Lo que no deja de llamar la atención es que quien actúa solo por interés suele calcular poco y mal, a menudo en contra de sus intereses.
Los libros de historia recogen multitud de ejemplos de malos calculadores. Desde la época de Tucídides y las Guerras del Peloponeso, pasando por el inicio de la Primera Guerra Mundial, hasta Vietnam, Afganistán, Irak, Ucrania y ahora Irán, líderes, excesivamente seguros de sí mismos han sido incapaces de entender los difíciles equilibrios que estaban en juego y las consecuencias imprevistas que suelen derivarse de los conflictos armados. En esta sucesión de errores de cálculo, junto con Putin y Netanyahu, Trump se ha mostrado, entre otras cosas, como un pésimo calculador que no disimula el fiasco apelando a grandes valores sino con discursos inflamados; ha instalado un régimen liberado de toda medida realista, de cualquier objetividad; cuando los «objetos», dejan de «objetar», de oponerse en modo alguno al actor soberano, la propia idea de medida —y, por tanto, de límite— se vuelve obsoleta.
La guerra contra Irán no ha conseguido los efectos que se pretendían. Trump inició esta guerra con la promesa de acabar con el régimen de Teherán (y con toda una civilización) en dos o tres días, sus ambiciones nucleares y su programa de misiles. Pero los posibles avances en relación con el limitar el programa nuclear iraní no pueden ir más allá de lo que se logró en 2015 y de lo que Obama negoció con Irán, que Trump descalificó duramente. Ahora le tocará negociar un acuerdo nuclear similar al que él mismo rompió en 2018 y con un Irán más fuerte. Ha subestimado las repercusiones económicas y la resistencia del adversario, y ahora debe encontrar el equilibrio entre evitar una «retirada humillante» y el creciente descontento público por el aumento de los costes de su intervención, así como la presión de los aliados para que se restablezca la normalidad comercial en el estrecho de Ormuz. Presentar la liberación de Ormuz como un éxito que justificaría la guerra, es decir, la vuelta a la situación que había antes de la guerra, es un argumento falaz y ridículo.
Estados Unidos sufrirá un grave daño a su reputación, el mayor aumento de su inflación y un enorme coste económico, el mundo tendrá que soportar las consecuencias económicas de esta guerra y el pueblo iraní sufrirá bajo el yugo de un régimen brutal y cada vez más radical. A todo esto se añade una de las pocas consecuencias buenas que no pretendía la intervención militar: un fuerte descenso de la popularidad del presidente, que puede ser decisivo para las elecciones de noviembre.
Las consecuencias no pretendidas se han hecho dueñas de la situación. Los principales beneficiarios de la guerra con Irán serán Rusia y China. A corto plazo, Rusia se está beneficiando enormemente del fuerte aumento de los precios mundiales del petróleo y el gas, mientras que China se ha protegido acumulando de forma preventiva grandes reservas de petróleo y reorientando su economía, especialmente en el sector del transporte, hacia las energías renovables.
El historiador Niall Ferguson recordaba un precedente también con un estrecho como protagonista y del que se pueden extraer interesantes lecciones: la desastrosa campaña lanzada por Winston Churchill contra los otomanos en 1914-15 y el intento de abrir el estrecho de Dardanelos que conduce al mar Negro, por donde pasaban muchas materias primas de la primera globalización. Para romper el bloqueo Churchill abogó por una solución militar, con la que también esperaba un cambio de régimen. La guerra tensó aún más el mercado mundial, causó enormes bajas y acabó con una retirada humillante de los británicos y sus aliados.
Ahora que ha vuelto a ponerse de moda el poder duro no estaría mal recordar que la superioridad no siempre se traduce en victorias y que calcularlo sigue siendo una obligación estratégica y moral. Es muy importante que las dos grandes superpotencias aprendan a calcular bien porque ninguna de ellas puede imponerse sobre la otra sin desencadenar grandes riesgos. Lo que hace más difícil calcular bien es la complejidad de este mundo en el que un actor modesto puede provocar el célebre «efecto mariposa» con efectos devastadores para todos. Otro problema es que los cálculos domésticos se imponen muchas veces sobre la consideración de las dimensiones globales en las que impacta cualquier intervención militar (y que termina afectando gravemente a la realidad nacional). El cálculo del propio interés bien entendido ha de tomar en cuante el de los aliados, el de los neutrales e incluso el de los adversarios, que tienen procedimientos para hacerlos valer.
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