Digitalización y democracia

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Artículo de opinión de Daniel Innerarity @daniInnerarity publicado el 6/11/2022 en El Correo (enlace) y Diario Vasco

Digitalización y democracia

La irrupción del espacio digital, por lo que se refiere a su impacto en la democracia, comenzó suscitando enormes expectativas, tal vez un tanto desmesuradas si las comparamos con la realidad de unas redes que ni están tan abiertas a todo el mundo como prometían ni democratizaron automáticamente los regímenes autocráticos, según pudimos comprobar pronto al desinflarse la llamada Primavera Árabe. El péndulo se encuentra hoy en el otro extremo. Si la palabra internet parecía entonces sinónimo de democratización, hoy evoca más bien fenómenos inquietantes, como el odio o la injerencia electoral. Lo malo de este vaivén de expectativas y decepciones es que nos hace ver la digitalización como una fuerza irresistible que contemplaríamos como ciudadanos pasivos, eufóricos o atemorizados y dejamos de considerarla como un ámbito que hay que configurar. La digitalización mejorará o no la democracia fundamentalmente en virtud de lo que nosotros hagamos con él.

La democracia es una forma de gobierno en la que los afectados por las decisiones tienen algo que decir en el proceso de tomas de tales decisiones. En la medida en que cada vez más decisiones se adoptan mediante procedimientos algorítmicos es necesaria una configuración de tales procesos de modo que podamos considerarlos de alguna manera como resultado de nuestra voluntad. Evidentemente todo esto ha de tomar en consideración las complejidades de la decisión en un entorno digital, pero si fuimos capaces de hacerlo en una sociedad analógica que se iba complicando y requería instituciones de representación y delegación, no hay motivo para pensar que no seremos capaces de hacerlo en un entorno digital. Democratizar la digitalización no debería ser imposible como no lo fue hacerlo con las instituciones del estado nacional o con la gobernanza global.

El modo de democratizar la digitalización no está escrito y dará lugar a opiniones muy diversas, como diferentes son también las concepciones de la democracia. En la actual escena geopolítica, pero también dentro de cada sociedad, tenemos concepciones distintas y a veces contrapuestas acerca de lo que quiere decir la democracia, e incluso los hay que llaman democracia a realidades que no se lo merecen. En cualquier caso, hay concepciones de la democracia que subrayan más el aspecto de la participación, otras que ponen el acento en la efectividad, las hay circunscritas al nivel local o nacional, mientras otras insisten en su dimensión cosmopolita. Mi teoría de que hay que pensar la democracia en términos de complejidad intenta precisamente articular todas estas dimensiones y ofrecer un marco normativo dinámico en el que acomodar un número mayor de actores y valores que deben ser hoy tenidos en cuenta para que la democracia no sea reducida a una simplificación incompatible con el mundo en el que realmente vivimos.

Si queremos ser fieles al principio de que la democracia es voluntad popular, tenemos que protegernos frente a dos tipos de imposición. La primera, la más evidente, es la injerencia en los procesos electorales o la conversión de las redes sociales en un reñidero que en vez de permitir que nos formemos una opinión razonada nos desorienta o manipula. Esto nos resulta bastante evidente y a veces nos hace descuidar la otra falta de respeto a nuestra voluntad que procede de un modo más sutil. Me refiero a la compatibilidad entre un entorno automatizado con unas decisiones políticas que deberíamos poder considerar como nuestras, que tendrían contar de algún modo con nuestra aprobación. Muchas cosas dependen, también la misma democracia, de que seamos capaces de configurar un ecosistema humanos-máquinas equilibrado. Como suele decirse del nuevo mundo del trabajo, en vez de jugar a adivinar si en el futuro van a sustituirnos o gobernarnos los robots, haríamos bien en esforzarnos por distinguir aquellas dimensiones del proceso político que pueden ser mejor ejecutadas por ellos y aquellas otras que deberían quedar en nuestras manos.

Se abre ante nosotros un panorama apasionante que, antes que nada, debe ser bien pensado. Por deformación profesional desconfío de las cosas que, como dice aquel viejo chiste de un francés hablando con un inglés «funcionan bien en la práctica pero no en la teoría». No daremos buenas soluciones si no definimos bien los problemas y esto requiere una renovación conceptual porque los conceptos del mundo analógics no son directamente aplicables al mundo digital. Se requiere volver a pensar lo que podríamos llamar la infraestructura tecnológica de la democracia con una tecnología que presenta unas características diferentes de las viejas máquinas; los entornos automatizados nos obligan a pensar de un modo distinto nuestros ideales de libre autodeterminación; la relación entre los humanos y las máquinas no se entiende bien si seguimos pensándola en términos de contraposición; el ideal de transparencia e inteligibilidad ha de ser compatible con la complejidad algorítmica; el manejo de enormes cantidades de datos y los nuevos instrumentos de predicción plantean posibilidades y riesgos inéditos; la misma idea de democracia, sin rebajar su horizonte normativo, exige una renovación sustancial para ver cómo se realizan esos ideales en las nuevas realidades tecnológicas.6

Soy optimista en cuanto a la relación entre democracia e inteligencia artificial pero creo que por razones de peso. Tanto quienes piensan que la gobernanza algorítmica puede hacerse cargo de todo el proceso político de decisión como quienes temen que de este modo la democracia carece de sentido se equivocan en el mismo punto: en dar por supuesto que humanos y máquinas hacemos lo mismo y por tanto podría llegar un día en que, para bien o para mal, los humanos fueran sustituidos por las máquinas. La realidad es que tenemos dos tipos de inteligencia y resolvemos dos clases de problemas diferentes. Las máquinas resuelven problemas cuyos términos están formulados con claridad y para los que se requieren muchos datos; los humanos estamos mejor dotados tomar decisiones en medio de la ambigüedad y con una información limitada. De ahí que el gran desafío sea como combinar su inteligencia y la nuestra para hacer una democracia mejor.

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Daniel Innerarity

Director de Globernance (Instituto de Gobernanza Democrática) Catedrático de Filosofía Política, investigador «Ikerbasque» en la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y profesor en el Instituto Europeo de Florencia. Ha sido profesor invitado en la Universidad de La Sorbona, la London School of Economics, el Max Planck Institut de Heidelberg y la Universidad de Georgetown. Ha recibido varios premios, entre otros, el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Su investigación gira en torno al gobierno de las sociedades contemporáneas y la elaboración de una teoría de la democracia compleja. Sus últimos libros son “La política en tiempos de indignación” (2015), “La democracia en Europa” (2017), “Política para perplejos” (2018), “Comprender la democracia” (2018), «Una teoría de la democracia compleja» (2020) y «Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus» (2020). Es colaborador habitual de opinión en los diarios El Correo / Diario Vasco, El País y La Vanguardia. www.danielinnerarity.es

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