La importancia de las instituciones

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Artículo de opinión de Daniel Innerarity @daniInnerarity publicado el 05/09/2026 en @LaVanguardia (enlace) (enllaç)

La importancia de las instituciones

El imaginario político contemporáneo se alimenta de la desconfianza en las instituciones. Todo aquello que media entre el individuo y la sociedad (partidos, sindicatos, universidades, constituciones, parlamentos…) ha dejado en buena medida de organizar la vida común. Hay un deseo de protección y regulación, pero al mismo tiempo resulta sospechosa la oferta que las instituciones nos hacen en este sentido. Reina una fatiga institucional por la que toda mediación es percibida como inercia burocrática, pesadez administrativa y reproducción de las dominaciones al servicio de la supervivencia de un régimen agotado. Los partidos se reducen a aparatos, los sindicatos no representan a la mayor parte de los trabajadores, las universidades se burocratizan, las constituciones no se pueden cambiar, el Parlamento se convierte en un instrumento del poder ejecutivo y el poder judicial actúa más como veto que como contrapeso.

Ante este panorama dos son las posibles respuestas y en sentidos opuestos. La solución tecnocrática reduce la cuestión institucional a un problema de gestión: bastaría con llevar a cabo reformas, modernización y adaptación. La segunda consiste en denunciar toda institución como aparato de dominación y apela a formas de autoorganización que permitan sortear las mediaciones esclerotizadas. Entre optimización gestionaria y ruptura revolucionaria perdemos la oportunidad de preguntarnos por el sentido de la institución para la vida de las sociedades democráticas.

Pero existe una tercera posibilidad para salir del voluntarismo que se cree capaz de transformar las sociedades por decreto y el nihilismo que solo ve en las instituciones una máscara de poder. En un contexto en el que la urgencia parece prohibir toda temporalidad larga y la crítica de las instituciones concluye en su simple destitución, es posible entender la política como reactivación, más que como momento de fundación absoluta. Las instituciones son las encargadas de hacer posible la articulación entre generaciones y compatibilizar la referencia al origen legitimador con su reactivación.

En el origen de la actual desafección democrática hay una expectativa desmesurada en cuanto a lo que el procedimiento democrático (incremental, limitado, negociado, sostenido en el tiempo) puede proporcionar, un deseo que explota de vez en cuando en agitaciones improductivas que en el fondo no cambian nada. Tras la indignación viene la decepción. Ciertas formas de compromiso que rechazan toda mediación institucional en nombre de la autenticidad o la espontaneidad revelan un desconocimiento profundo de la historicidad en la que vivimos. Querrían que cada intervención diera fruto instantáneamente, que toda movilización produjera inmediatamente resultados visibles, pero esa exigencia de inmediatez niega la temporalidad larga de la institución, sin la cual ningún cambio resulta duradero y fecundo. Nunca se actúa a partir de nada, sino tomando como punto de partida las dinámicas existentes, que moderan el cambio social, pero al mismo tiempo son las únicas que lo hacen posible. No hay cambio real sin un mínimo de respeto hacia aquello que queremos cambiar.

Al mismo tiempo hay que advertir también que es muy razonable la crítica de las instituciones porque muchas de ellas parecen haber perdido su poder instituyente, su capacidad de reactivarse, de reinterpretar su propio origen, y se limitan a administrar mecánicamente el statu quo. Dentro de la lógica institucional que debemos proteger se encuentra la obligación que estas tienen de renovarse y retomar su legitimidad originaria. La reactivación no es ni reforma tecnocrática ni ruptura radical, sino una vuelta al suceso instituyente que se actualiza en las condiciones presentes sin pretender reproducir idénticamente el gesto originario que las hizo nacer: organizar la deliberación colectiva, articular los intereses particulares y el interés general, permitir la confrontación pacífica de las posiciones antagonistas, facilitar los acuerdos y los compromisos.

Cada generación retoma la herencia y la transforma según sus propias exigencias, sin la cual no habría duración institucional. Las instituciones inauguran una historia que continúa sin nosotros; asumimos el riesgo democrático de que las generaciones futuras reinterpreten el acontecimiento institucional de una manera que nos sorprendería. Decía Claude Lefort que la actitud más fecunda que caracteriza a la democracia moderna consiste en su capacidad de mantener abiertas las cuestiones fundamentales.

Frente a la obsesión contemporánea por la urgencia, pensar las instituciones nos invita a recuperar una política de la duración. Rehabilitar una política de la duración no equivale a rendirse al conservadurismo, sino reconocer que toda verdadera transformación toma su tiempo. Quien quiera cambiar ha de reconocer que la transformación no se cumple en un instante. Estas interrogaciones no reciben nunca una respuesta definitiva; cada generación las retoma y reformula en una indeterminación constitutiva que no es un fallo, sino la condición de una política verdaderamente democrática.

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Daniel Innerarity

Director de Globernance (Instituto de Gobernanza Democrática) Catedrático de Filosofía Política, investigador «Ikerbasque» en la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y profesor en el Instituto Europeo de Florencia. Ha sido profesor invitado en la Universidad de La Sorbona, la London School of Economics, el Max Planck Institut de Heidelberg y la Universidad de Georgetown. Ha recibido varios premios, entre otros, el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Su investigación gira en torno al gobierno de las sociedades contemporáneas y la elaboración de una teoría de la democracia compleja. Sus últimos libros son “La política en tiempos de indignación” (2015), “La democracia en Europa” (2017), “Política para perplejos” (2018), “Comprender la democracia” (2018), «Una teoría de la democracia compleja» (2020) y «Pandemocracia. Una filosofía de la crisis del coronavirus» (2020). Es colaborador habitual de opinión en los diarios El Correo / Diario Vasco, El País y La Vanguardia. www.danielinnerarity.es

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