Ander Errasti López

Doctor en Ética y Filosofía Política en la Universidad Pompeu Fabra. Estudiante de Doctorado visitante (2016) en la Universidad de Oxford. Miembro de GISME.eu en la Universidad de Barcelona. Project Manager: proyecto CCentre del EIT Health (2016-2019) y del proyecto SIforAGE del FP7 (2012-2016)

La diversidad en el verano del 2017

La diversidad en el verano del 2017

Artículo de opinión de Ander Errasti publicado en Noticias de Gipuzkoa, 23/08/2017 (enlace) 

(Imagen cortesía de Noticias de Gipuzkoa)

 

Verano 2017, Donostia, restaurante muy frecuentado en el tan manido marco incomparable. Nada más entrar “gabon”-“buenas noches”. No por habitual menos ajeno. Camino de nuestra mesa, a pocos metros del saludo inicial, un matrimonio francés -cosas del horario, supongo- pregunta por los postres en un castellano esforzado. El camarero agradece el gesto mientras recoge la carta tras anotar las torrijas de cuajada, “merci beaucoup”. La pareja responde, con una sonrisa, “de rien”. Llegamos a nuestra mesa. Todo bien dispuesto y trato amable, como no podía ser de otra manera. Comenzamos a bucear por el abanico de ensaladas y entrantes. Una de las comensales, tras un primer vistazo a la carta, pregunta: “barkatu, ba al daukazue karta euskaraz?”-“¿Perdona?”, responde algo apurada – “¡Nada! – sonríe – Te preguntaba a ver si tenéis la carta en euskera”. La camarera, entre sorprendida, desconcertada y algo abrumada, observa que cree que no, pero se ofrece amablemente a comprobarlo (“soy nueva, disculpen”, observa mientras le contestamos con una sonrisa cómplice “¡sin problema!”). Al rato, vuelve otra camarera. Entre tanto, otro de los comensales ha comprobado que tras la primera versión de la carta en castellano se encuentran las traducciones al inglés y al francés. Tras recibir la confirmación de la camarera de que no disponen de carta en euskera, el comensal más observador le pregunta “¿oye, y cómo tenéis la carta en castellano, inglés y francés, pero no así en euskera?”. La camarera, mayor que la primera y, al parecer, con más experiencia, responde en tono seco y directo “porque todos los que hablan euskera ya entienden castellano”. Verano de 2017.

Dejaré de lado detalles sobre las reacciones posteriores. En la mesa, estupor, “disculpe, ¿cómo dice?” – “no entraremos en disquisiciones ideológicas, que yo solo trabajo aquí”, responde. El asunto no va a más por un acuerdo tácito de los/las comensales: tengamos la fiesta en paz, parecen decir los cruces de miradas, que tampoco merece la pena. A partir de ahí el servicio genial (con mención especial a la deferencia de enviar, desde ese momento, todo el personal disponible capaz de atendernos en euskera). Las vistas magníficas, comida estupenda y mejor compañía. La indignación -comedida, pero sentida- inicial, con referencias a otras épocas enseguida dan paso al exorbitante fichaje de Neymar y el rebote (más o menos literal) del fichaje de Iñigo, la turismo-fobia o “aquel sitio tan agradable en el que comimos en Sant Pol de Mar”. “¿O era Begur?”. Quién sabe. La cuestión es que la cena se fue y con ello las comensales. Pero la pregunta me siguió rondando la cabeza: más allá de la indignación -y enfado, por qué no admitirlo, aunque mantuviera un perfil bajo- inicial, ¿qué es lo que subyace a la situación descrita? Destacaría, sin pretensión de exhaustividad, tres aspectos: la dimensión histórico-colectiva, la comercial y la cívica.

Sobre la primera cuestión (que tanteamos en la propia cena, antes de aterrizar sobre el astro brasileño), qué decir. Es indudable que viniendo de dónde venimos, con una parte sustancial de la población sistemáticamente relegada a un segundo plano por su identidad cultural en general y preferencia lingüística en particular, pretender valorar el uso de una lengua en términos puramente utilitaristas es un disparate que solo beneficia a la mayoría. Efectivamente la población que tenemos la fortuna de saber euskera también tenemos el privilegio de conocer, entre otras, la lengua de Cervantes, García Márquez y Zambrano. Esto nos permite abrir nuestro mundo de la vida a otros contextos culturales, ampliando nuestro conocimiento de la humanidad, sí, pero también de uno mismo. La complejidad de la identidad personal y de las interacciones que esas personas desarrollan en entornos más o menos concretos y definidos (sociedades, comunidades, naciones) adquiere así una riqueza de tonalidades, matices, referentes, más que deseable. Entre otras cuestiones porque fuerza la revisión permanente de lo propio, evitando así la siempre presente tentación de caer en esencias. Sin embargo, esa riqueza sólo se puede mantener si todos los elementos que componen la comunidad tienen el mismo estatus. Dada la distorsión histórica padecida por una de las dos partes (la euskaldun o euskeradun) en el caso de Euskadi, pareciera razonable considerar necesario un esfuerzo añadido -una acción afirmativa- para garantizar esa igualdad de estatus. Pero, sobre todo, pareciera absolutamente indudable que la pretendida neutralidad que subyacía al desafortunado comentario de la camarera únicamente puede resultar en perseverar en una situación injusta que poco o nada tiene de neutral.

Sin embargo, hay una segunda dimensión que, dado el contexto de la anécdota (lamentablemente no anecdótica), se debe considerar al valorar este tipo de cuestiones: la comercial. No obstante, en caso contrario pudiera parecer que la reivindicación se plantea en términos de suma cero. Es decir, el beneficio no económico que generaría un trato adecuado hacia el euskera se sostendría sobre el coste económico asumido por quien ofrece un determinado servicio. En el caso de las entidades públicas esta cuestión se resuelve por la vía de la decisión democrática respecto a la asignación de recursos. Una distribución que requiera la ponderación de intereses, derechos, valores y prioridades. En el caso de las entidades privadas, no obstante, el sistema opera bajo otros criterios (no necesariamente incompatibles, claro) donde los incentivos son un factor determinante y las exigencias de otro tipo. Siendo así, la pregunta no es tanto por qué una empresa debe tener en consideración las preferencias, deseos y aspiraciones de las euskaldunes, sino qué incentivo puede tener en hacerlo. Internamente, es decir, en lo que se refiere a los miembros euskaldunes de la empresa, hace ya tiempo que se viene certificando que un incremento de la diversidad interna contribuye a una cultura empresarial más proclive a la innovación, resolución de conflictos, responsabilidad social y estabilidad, entre otros beneficios. En ese sentido, la presencia plenamente reconocida e integrada de euskaldunes sería un factor más de diversidad interna. Sin embargo, al hilo de la anécdota, lo relevante aquí serían los incentivos externos, es decir, la diversidad de cara a los clientes. En un mundo cada vez más globalizado, con la correspondiente cosmopolitización de los entornos socioculturales, preservar la diferencia no cómo contraposición ni jerarquía, sino como reconocimiento mutuo, es una forma de posicionamiento. Imaginar a un visitante curioseando la carta maravillado por los “Legatza zainzuri saltsan – Merluza con salsa de espárragos” o “Azpizuna plantxan – Solomillo a la plancha”, honestamente, no requiere mucha imaginación. Particularidad que únicamente podrá observar por estos lares, así como cada una de nosotras apreciamos al visitar el resto del planeta: ¿o tal vez no se nos llena la boca paseando por Las Ramblas de Barcelona, Campos Eliseos de París o Istiklal de Estambul suspirando “qué lástima, cada vez todo es más parecido”?

Sin embargo, hay una tercera dimensión, a mi modo de ver más importante y especialmente recurrente en nuestro contexto. La dimensión cívica, es decir, la de las prácticas que deben sustentar la convivencia entre ciudadanas en pie de igualdad. El problema, identificado ya desde tiempos de John Locke, es que esa igualdad se construye sobre la discrepancia y la diversidad que caracterizan al ser humano. Siendo así, en el contexto de Euskadi esa diversidad tiene dos pilares centrales (que no únicos ni unívocos, aunque a veces tendamos a simplificarlo por comodidad): los que tenemos a bien, por razones heterogéneas, desarrollar nuestras vidas en euskera y los que tienen a bien hacerlo en castellano. Por supuesto los primeros tenemos la afortunada opción, como en este artículo, de expresarnos en castellano. Sin embargo, no es nuestra preferencia. Ello no implica rechazo, claro. Lo mismo que aquellos que tienen la preferencia de hacerlo en castellano – ya sea por no conocer el euskera o por una decisión perfectamente autónoma – no rechazan el euskera. Por suerte y a pesar de que nuestra triste historia reciente haya pretendido convencernos de lo contrario, estos dos colectivos (porosos, heterogéneos, interactivos) compartimos un mismo espacio público. Sería deseable que adquiriéramos conciencia, sin crispación, de la existencia del otro. De lo que constituye la existencia del otro. De lo contrario, del hecho objetivo neutro de la diferencia creamos el hecho subjetivo parcial de la confrontación. Me niego a pensar que esa convivencia sea una utopía. Me niego a pensar que, desde posiciones razonables, no podamos llegar a entendernos. Porque ya estamos en el verano del 2017, donde la diversidad es un activo y las ciudadanas entendemos que la democracia empieza por una misma. Donde este tipo de artículos ya no sean necesarios. Estoy convencido de que el/la camarero/a lo agradecerá, en el marco incomparable o en cualquier barrio, pueblo o Ciudad de esta tierra nuestra. Porque con un “gabon” acompañado de una sonrisa, finalmente podríamos brindar todas por haberlo conseguido. Seguiremos intentándolo.

 

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