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Daniel Innerarity
Daniel Innerarity
Director de Globernance (Instituto de Gobernanza Democrática) Catedrático de Filosofía Política, investigador "Ikerbasque" en la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y profesor en el Instituto Europeo de Florencia. Ha sido profesor invitado en la Universidad de La...
“El ‘brexit’ sirve para politizar Europa, todo lo demás es desastroso”

“El ‘brexit’ sirve para politizar Europa, todo lo demás es desastroso”

Entrevista a Daniel Innerarity @daniInnerarity publicado el 06/02/2019 en Noticias Gipuzkoa (enlace)

El próximo 26 de mayo, junto a otras consultas electorales más, se celebrarán elecciones al Parlamento Europeo. ¿Van a ser más importantes que en anteriores ocasiones?

-Muy importantes. Van a tener lugar en un clima de especial incertidumbre tras los procedimientos con que se han abordado, con desigual fortuna, la crisis económica, la migratoria o el brexit. Es muy probable que en el próximo Parlamento Europeo haya un grupo numeroso de diputados de extrema derecha -los sondeos pronostican su posible victoria electoral en Francia e Italia- lo que plantea numerosos desafíos acerca de cómo les haremos frente pero, sobre todo, si estamos en condiciones de hacer una reflexión acerca de qué hemos hecho mal quienes defendemos abiertamente que Europa no es el problema sino la solución.

¿Qué va a pasar con el brexit?

-Los británicos tienen buen humor. Un profesor escocés, Michael Keating, respondió hace unos días a esa pregunta en la Comisión de Asuntos Europeos del Parlamento Vasco, y dijo: “Parece que hay cuatro salidas: brexit duro, brexit blando, segundo referéndum, o prórroga. Ninguna de las cuatro es posible, pero una de las cuatro sucederá”. En mi opinión, lo único bueno del brexit es que ha politizado a Europa, y nos hemos encontrado con que el ingreso de cualquier país en la Unión puede ser reversible, pues lo que cuenta es la libertad para decidir estar o no. También Europa muestra ser más sólida de lo que se creía, y muchos países se han dado cuenta de que fuera de la Unión hace mucho frío. Esa politización que el brexit ha traído es lo único bueno;todo lo demás es malísimo. Un día le pregunté al lord británico Anthony Giddens, que fue asesor de Tony Blair, si creía que el Reino Unido se iría de la Unión, y me respondió: “Pero, ¿es que ha estado dentro alguna vez?” Y, tras la broma, me dio su opinión: “Es mejor estar en un sitio donde te peleas, pero influyes”. A mí me parece lo mejor y más verosímil que haya un segundo referéndum. Me gusta hacer apuestas, pero no apostaría mucho dinero porque vaya a resultar así, a lo más una merienda.

¿Qué problemas principales se derivan del brexit para el Reino Unido, y para el conjunto de países?

-Para resolver un problema interno del Partido Conservador se ha montado un verdadero lío. 6.000 expertos y técnicos han estudiado para el gobierno británico las condiciones de la separación. Si la ruptura se confirma, el Reino Unido tendrá que revisar meticulosamente toda su normativa para adaptarla a la legislación europea, que va a tener que seguir cumpliendo. Hay asuntos muy graves, pero el mayor parece ser el de la frontera interna de Irlanda que no puede restablecerse sin romper el acuerdo que trajo la paz al Ulster. Y el gobierno escocés ya ha anunciado que si hay brexit duro plantearán un nuevo referéndum de autodeterminación. Parece mal negocio para la “Unión” Británica. La salida del Reino Unido afecta gravemente a los 27 países que permanecen en Europa, y la Unión queda debilitada, sobre todo estratégicamente en su fachada atlántica y en el entendimiento con los EEUU.

Macron y Merkel han firmado un acuerdo que parece volver al predominio franco alemán, incluso en la política de defensa, mientras Trump pide a Europa más dinero para la OTAN.

-La Unión Europea actual ya no es la de los comienzos, cuando Alemania y Francia tenían un peso del 90% en población y economía, y canciller y presidente se comunicaban constantemente. Esos dos países pueden pretender el liderazgo, pero no la hegemonía. La retirada de fondos estadounidenses de la OTAN, puede ser ocasión para construir un pilar de defensa europeo, con un enfoque humanizador: un ejército sin afanes imperialistas y que juegue en el mundo un papel protector de los débiles.

Acaso los ciudadanos europeos, incluso los escépticos, ven con simpatía el sistema judicial. Tribunales, singularmente el de Derechos Humanos, que dictan sentencias con mayor independencia y corrigen, en apelación otras de los tribunales de cada uno de los estados. Eso ¿va a contar en el juicio del Tribunal Supremo a los independentistas catalanes?

-Los tribunales europeos actúan de acuerdo al principio republicano de que los jueces sean arrancados de su entorno natural, para poder actuar desde la distancia con menos presiones y mayor autonomía e imparcialidad. Se puede esperar de ellos una justicia no ideologizada. Eso se está viendo en las estrategias de defensa que plantean los abogados sobre el procés y en la preocupación de fiscales y jueces españoles por hilar fino y no dejar margen para recursos. Los trámites en recursos de apelación pueden ser largos y las sentencias tardar años, con lo que, si hay condena, los penados pueden pasar mucho tiempo en la cárcel a la espera de que se resuelvan sus recursos. Va a contar también la edad de los jueces del Supremo, porque a ningún juez le sienta bien que, en el tiempo de su vida, pueda verse desacreditado por sentencias de un tribunal superior,

¿Son solo los populismos los que cuestionan el proyecto europeo? ¿Qué pesa más en el alejamiento de las clases populares?: ¿desconocimiento?, ¿lejanía de las instituciones?, ¿sentir que sus intereses y problemas no encuentran las respuestas que desean?

-Se habla mucho de déficit democrático, pero creo que el problema más profundo de Europa es su déficit cognoscitivo, nuestra falta de comprensión acerca de lo que la Unión Europea representa. La crisis que está detrás del fracaso constitucional, tras la desafortunada gestión de la crisis del euro o la desafección generalizada ante la posibilidad de avanzar en la integración, se debe fundamentalmente a una deficiente comprensión de lo que somos y lo que estamos haciendo, a la falta de una buena teoría sobre Europa. Nos cuesta entender que estamos ante una de las mayores innovaciones políticas de nuestra historia reciente, un verdadero laboratorio para ensayar una nueva formulación de la identidad, el poder o la ciudadanía en el contexto de la mundialización.

¿Hay demasiado contraste entre las ideas y prácticas viejas y las que exige una realidad enteramente nueva?

-Es precisamente ese fuerte contraste el que dificulta a la ciudadanía entender qué puede esperarse de la UE, qué tipo de legitimidad y qué responsabilidades están en juego, cuáles son los límites de una acción de gobierno mancomunada. Este es el caldo de cultivo en el que se alimentan el populismo y el desencanto. Que los asuntos políticos y lo que está en juego en cada caso sea inteligible por la gente es fundamental para el funcionamiento de una democracia.

Y, ¿cómo se puede salir de esa crisis actual?

-Solo con nuevos significados. Se requiere explicar y comprender las utilidades del proyecto europeo, las ventajas y los deberes de la interdependencia. Solo esa comprensión nos hará superar el “miedo demoscópico” que -según el filósofo alemán Habermas, experto en opinión pública- atenaza a nuestros dirigentes y explica la primacía del corto plazo en sus decisiones;y superar también la deriva populista de nuestras sociedades. Es necesario entender hasta qué punto la UE constituye un instrumento para aliviar los efectos negativos de la globalización y recuperar a nivel europeo algunas de las capacidades perdidas en el plano estatal.

¿La Unión Europea es democrática?, ¿cómo se llevan democracia y eficacia?

-Es indudable que existe un conflicto entre los principios normativos de la democracia y la efectividad de la política para resolver algunos problemas colectivos de singular envergadura. Pero las instituciones supranacionales son parte de la solución, por difícil que sea, y no parte del problema. La UE tiene que ser capaz de mostrar que añade valor a la mera yuxtaposición de estados nacionales, que ya no pueden resolver por sí solos las demandas que antes les hicimos y otras enteramente nuevas de interdependencia en un mundo desterritorializado. Hemos de pensar y trabajar en una nueva configuración política donde haya equilibrio entre democracia, legitimidad y funcionalidad.

Yo le preguntaba antes por el desinterés de las clases populares…

-Europa resulta algo lejano, técnico y burocrático. Parece estar en manos de la fuerza de los mercados y la maquinación de las élites, que escapan del control democrático. La integración europea es un proyecto mejor entendido y apoyado por las capas altas de la sociedad que por los sectores populares, que tienen más que temer de la globalización y se sienten desprotegidos fuera del estado nacional. Europa es procedimentalmente democrática, pero pesa más en ella la Comisión, formada por los líderes de los gobiernos, que el Parlamento. Y la naturaleza compleja y muy técnica de los asuntos que están en juego no permite a los actores sociales movilizar a la opinión pública a nivel europeo con un mensaje alternativo. La contraposición entre electorados nacionalizados y políticas burocráticas decisivas es letal para la Unión Europea. Es inconcebible una política democrática en el siglo XXI sin el respaldo explícito de las poblaciones.

¿Se trata, pues, de conocer mejor qué Europa queremos y qué representa en el ámbito internacional?

-Europa necesita conocerse y renovar su coherencia. No se puede avanzar en la integración política si no abordamos abiertamente la cuestión de la naturaleza de Europa. La filósofa Julia Kristeva dijo que Europa no sólo tiene que ser útil, sino que tiene que tener sentido. La Unión Europea es un proyecto original, un laboratorio multilateral donde se examina y procura el bien del propio país en relación armónica con el interés del vecino. Un nosotros hecho de otros, un poder que no es soberano, unos márgenes que no limitan, una comunidad que no se construye contra otros.

¿Qué papel puede pretender jugar la Unión Europea en el mundo?

-El preámbulo del Tratado de Lisboa recoge una expresión, atribuible a Hanna Arendt, que define a Europa como un “área especial de la esperanza humana”. Esta consideración de sí misma contrasta con la vergonzosa exclusión de quienes no son acogidos en ella. Pero, si por algo se justifica el experimento europeo es porque promueve un modelo de identidad que no sólo no requiere anular su diversidad interior, sino que tampoco necesita una oposición a otros para su propia afirmación. Los europeos con las aportaciones positivas y a pesar de las injustas demasías de su intervención histórica en el mundo, tienen razones para verse como una parte común de la humanidad. El nuevo experimento de la Unión Europea puede representar el embrión de una verdadera “Cosmopolítica”, que exige un mundo multipolar e interdependiente.

Antes que de “más Europa”, usted prefiere hablar de “mejor Europa” ¿Qué desafíos renovadores supone eso?

-Una Europa común, social, y de la diversidad.

¿Cómo poner en juego la voluntad comunitaria?

-Convenciéndonos de que los estados miembros ya no son autárquicos, sino interdependientes y, por tanto, están obligados a la cooperación. El proyecto exige responsabilidad y transferencias de soberanía. La cuestión decisiva es cómo transformar la afectación compartida en acción compartida. Una identidad uniforme no es un requisito ni para la democracia ni para la solidaridad. Lo que hay que explicar, con la práctica y las normas, es cómo puede configurarse una verdadera comunidad europea capaz de afrontar los nuevos deberes de justicia que se plantearon con toda su crudeza en la crisis del euro y han vuelto a hacerse patentes con la actual crisis de los refugiados.

La ciudadanía, con la globalización y las crisis, se siente a la intemperie. ¿Qué hay de la Europa Social?

-Es hora de establecer criterios vinculantes en relación con la protección de los trabajadores, la seguridad social y los impuestos. A nivel europeo sólo hay un sistema fragmentado y limitado de redistribución, a través de los fondos estructurales y de cohesión, mientras que los criterios de convergencia del Pacto de Estabilidad limitan las opciones de los gobiernos en su propio ámbito.

¿El Proyecto de Unión Europea es neoliberal?

-Lo parece, pero no creo que sea necesariamente así. Que se hayan realizado políticas liberales en su nombre o que la mayoría de los actuales gobiernos europeos sean conservadores no implica que las instituciones surgidas de la integración lo sean. Algunas medidas liberalizadoras no han respondido tanto a un impulso ideológico, cuanto a haberse dado cuenta de que la integración de mercados altamente regulados hubiera sido imposible sin una liberalización de sus economías. La diversidad socioeconómica de la Unión excluye la construcción de un modelo social uniforme. Pero el avance en la integración europea no tiene por qué seguir una lógica de desregulación neoliberal, si queremos que recupere apoyo popular y legitimación.

Europa, espacio de diversidad, cierra sus fronteras a las personas refugiadas. Una tragedia, y ¿también un síntoma de su crisis interna?

-Esa es una verdadera incoherencia en relación con los valores que decimos profesar. Las derechas extremas europeas harán de este tema su caballo de batalla en las próximas elecciones, frente a lo cual hemos de trasladar a la opinión pública una visión positiva de la inmigración y actuar con lealtad de manera que sea un asunto abordado en común.

¿Este fracaso revela también un desastre de gobernanza europea?

-Desde luego. Revela falta de previsión para adelantarse a las crisis, un compromiso insuficiente con la lucha contra las causas que provocan esos desplazamientos -conflictos, pobreza, cambio climático- y la incapacidad de las instituciones europeas comunes para hacer cumplir los acuerdos de reubicación que implicaban compartir las responsabilidades de acogida. Enseguida comenzaron a reintroducirse los controles en algunas fronteras y a quebrantarse abiertamente el derecho humanitario europeo e internacional. No es posible la construcción de un espacio de libertad, seguridad y justicia, como el que se acordó en Schengen en 1985, si la gestión del asilo, el control de las fronteras exteriores o la política de integración están en manos de los estados miembros.

La estrategia de externalización o subcontratación con Turquía en 2016, ¿superó cualquier límite de decencia política?

-Aquello fue inquietante. Grecia cambió su legislación hasta el punto de considerar inadmisibles las peticiones de asilo sobre la base de que Turquía era un país seguro, algo cuestionable. Pero además Erdogan, desde el fallido golpe de estado de 2016 endureció muchas de sus políticas. Turquía mantiene su reserva histórica a aplicar la Convención del Refugiado a los no europeos y existían informes de que muchos sirios habían sido devueltos a su país en guerra. Hubo además una operación para convertir el acuerdo de la UE con Turquía en una mera “declaración política” y no un acuerdo internacional, en el que habría tenido que implicarse al Parlamento Europeo.

Las ONG europeas de acogida han denunciado esa distinción entre migrantes económicos y refugiados políticos.

-El tipo de discursos oficiales que han dominado el paisaje político durante los últimos años han contribuido a proyectar sobre los migrantes nuestras ansiedades sociales -como si la llegada de personas fuera la causa de nuestras crisis, de la precarización laboral o el desempleo- y a vincular el tema de la emigración con los problemas de seguridad. En algunos casos ha habido incluso una criminalización de los migrantes o una sospecha preventiva de que se trataba de “falsos refugiados” que venían a aprovecharse de la “generosidad” de nuestros sistemas de protección.

 

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Daniel Innerarity

Director de Globernance (Instituto de Gobernanza Democrática) Catedrático de Filosofía Política, investigador "Ikerbasque" en la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea y profesor en el Instituto Europeo de Florencia. Ha sido profesor invitado en la Universidad de La Sorbona, la London School of Economics, el Max Planck Institut de Heidelberg y la Universidad de Georgetown. Ha recibido varios premios, entre otros, el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura. Su investigación gira en torno al gobierno de las sociedades contemporáneas y la elaboración de una teoría de la democracia compleja. Sus últimos libros son “La política en tiempos de indignación” (2015), “La democracia en Europa” (2017), “Política para perplejos” (2018) y “Comprender la democracia” (2018). Es colaborador habitual de opinión en los diarios El Correo / Diario Vasco, El País y La Vanguardia. danielinnerarity.es

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