Juan José Álvarez

Catedrático de Derecho Internacional Privado de la UPV/EHU y consejero-abogado del Despacho Cuatrecasas. Experto independiente designado por la Comisión Europea para las áreas de libertad, seguridad y justicia, y coordinador académico del observatorio jurídico transfronterizo hispano-francés. Ha realizado diversas investigaciones sobre Derecho Marítimo, Derecho del Comercio Internacional, Derecho Foral e Interregional y Arbitraje Comercial Internacional.

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Nación vasca y ciudadanía

Artículo de opinión de Juanjo Álvarez publicado en DEIA (30/07/2017 enlace) y en Noticias de Gipuzkoa (31/07/2017 enlace)

 

Debemos construir un modelo de ciudadanía y de relación con otras realidades nacionales y culturales que sea congruente y respetuoso con los derechos humanos, que nos permita transigir, convivir y dialogar con las minorías culturales internas, con las diversas concepciones, en nuestro caso, del ser y del sentir vasco. La uniformidad cultural, la armonización y la homogeneización forzada debilitan toda construcción nacional. En un contexto europeo y mundial de soberanías fragmentadas y compartidas es necesario proponer un nuevo modelo político de relación, que potencia y posibilite identidades duales, que no niegue el reconocimiento de un sentimiento de pertenencia complejo y que valore y reivindique la libertad y la propia diversidad nacional.

Hablar sobre identidades y sobre diversidad en la UE plantea una doble dimensión, interna y externa, de este debate. Siempre se aporta más músculo épico cuando se busca un enemigo externo, alguien contra el que volcar frustraciones, malestares, indignación y cabreo, porque esta vía de energía negativa sirve como analgésico social pero no resuelve el problema de fondo. Es cierto que la peculiar concepción y cultura democrática de los gobernantes españoles se muestra cicatera y corta de miras cuando se trata de abordar el acomodo de nacionalidades históricas como Euskadi o Catalunya dentro del confuso, ambiguo y obsoleto andamiaje competencial de la Constitución.

Se olvida pronto, pero en sus largos ocho años de oposición al Gobierno Zapatero el PP acuñó un modelo de oposición y de hacer política basado o centrado en la confrontación, convertido casi en un partido antisistema, que reclamaba, por ejemplo, la desobediencia ante reformas educativas. Ahora, perdida su mayoría absoluta el PP parece haber percibido que buscar la bronca permanente, la descalificación y la crispación continua, jugar a la adhesión o al odio como únicas opciones, “ser o de los míos o mi enemigo” parece poder conferir, en apariencia, ciertos réditos electorales, pero en realidad se acaba volviendo en contra de quien exhibe este tipo de dialéctica política. Sea el PP o cualquier otra formación política.

Es cierto que quienes crearon ese artificioso y artificial sistema autonómico de reparto y distribución del poder político en España lo elaboraron pensando más en poner un dique, un freno a las aspiraciones competenciales y de autogobierno vascas y catalana que en otra cosa. Y es cierto también que quienes construyeron ese sistema y lo extendieron por arriba, para igualar falsamente todo el sistema y fagocitar así toda evolución orgánica de estas naciones vasca y catalana que coexisten con la española pretenden ahora el bloqueo cuando no la involución del propio sistema.

Todo eso es claro. Pero el problema que consume nuestras aspiraciones de autogobierno y que podría llegar a gripar el motor de la construcción nacional no radica realmente ahí. El problema lo tenemos dentro de casa, en nuestro país, en Euskadi: somos una sociedad fragmentada o fracturada en lo político, quebrada también muchas veces en la concepción de unos mínimos en torno a nuestro futuro. Si dispusiéramos de las llaves de nuestra independencia, ¿qué haríamos con toda nuestra “mochila” de problemas internos? ¿Qué modelo social, qué modelo de desarrollo industrial y de sociedad? ¿Qué modelo educativo? ¿Qué forma de convivencia articularíamos entre culturas tan diversas y tan alejadas del consenso de mínimos?

Uno de los debates recurrentes se centra en el estatus de relación futura entre Euskadi y España y la forma de acomodar o de adecuar el sentimiento identitario nacionalista o abertzale, mayoritario en Euskadi, con la forma de organización y distribución territorial del poder político dentro de Europa. Nuestro reto radica en lograr encauzar política, social y jurídicamente esta reivindicación de mayor profundización en el autogobierno, que para unos supone reclamar directa y maximalistamente la independencia, para otros se ha de traducir en desarrollar el autogobierno hacia mayores cotas de soberanía fiscal y competencial y para otros sectores con representación en el Parlamento Vasco representa una veleidad nacionalista sin recorrido ni futuro.

Hay que construir un concepto de ciudadanía cívica en Euskadi que desborde la dimensión estatal. Debemos basar nuestro concepto de ciudadanía vasca en una cultura política común que respete las culturas propias desde un republicanismo intercultural, una interculturalidad o diversidad cultural anclada en el diálogo, que permita combinar la unidad en la diversidad, que evite la asimilación sin homogeneización forzada. Hoy día, pese a la caverna mediática que pretende potenciar otro discurso, el nacionalismo españolista se muestra excluyente y sectario ante nuestras identidades vasca o la catalana. Huyamos de este modelo y construyamos el nuestro, ni frente a nadie ni contra nadie. Inclusivo, democrático, abierto a Europa y al mundo.