Juan José Álvarez

Catedrático de Derecho Internacional Privado de la UPV/EHU y consejero-abogado del Despacho Cuatrecasas. Experto independiente designado por la Comisión Europea para las áreas de libertad, seguridad y justicia, y coordinador académico del observatorio jurídico transfronterizo hispano-francés. Ha realizado diversas investigaciones sobre Derecho Marítimo, Derecho del Comercio Internacional, Derecho Foral e Interregional y Arbitraje Comercial Internacional.

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Europa:  ¿potencia en decadencia o emergente?

Europa: ¿potencia en decadencia o emergente?


Artículo de opinión de Juanjo Álvarez publicado en el Diario Vasco el 23/07/2017 (enlace)

Imagen cortesía de pixabay.com

 

Pese a las muchas imperfecciones que tiene nuestro sueño europeo basta echar una mirada al mundo para reafirmarnos en la necesidad de profundizar en los valores que encarnan el mismo. El modelo asiático que combina autoritarismo y mercado representado por China, o el ‘zarismo’ autárquico y a la vez expansionista bajo el viejo sueño soviético de la Rusia de Putin, pasando por el capitalismo voraz e insolidario de los EE UU de la era Trump o por las enormes desigualdades sociales del gigante brasileño, todos ellos son modelos que nos brindan espejos en los que no debemos fijarnos.

¿Es Europa una potencia en decadencia o emergente?; ¿Representa Europa como construcción política un modelo de sociedad que pese a sus defectos merezca la pena ser defendida?; sin duda, cabe afirmar que sí. Europa suscita más interrogantes que respuestas porque vivimos en una época de transformación radical de nuestros marcos de referencia provocada por una nueva realidad globalizadora emergente. Los estados ya no tienen capacidad para abordar unilateralmente todos los problemas derivados de ese complejo mundo ni pueden resolver el conjunto de las necesidades de los ciudadanos. La Unión Europea ha de representar, por ello, la respuesta de estabilidad política, prosperidad económica, solidaridad y seguridad a las inquietudes y convulsiones que genera la globalización.

A pesar de los desencuentros puntuales y los momentos de estancamiento, la Unión Europea viene configurándose como un proyecto de paz, libertad y justicia social, como una defensora de la multilateralidad y del diálogo entre culturas en los escenarios políticos mundiales, como un espacio de bienestar y compromiso social que apuesta por la cooperación.

Europa debe basarse no tanto en criterios de poder económico o militar, sino en la profundización de la cultura, la educación, la solidaridad, los valores democráticos y los principios que inspiraron la Declaración Universal de Derechos Humanos. La Historia demuestra que aquellas instituciones o estructuras que han basado su poder en una relación exclusiva de superioridad o dominio han terminado por fenecer tarde o temprano.

Por el contrario, los ideales y los valores terminan calando lenta pero inexorablemente en la sociedad, generando un vínculo indestructible con el progreso de la humanidad. En estos tiempos de incertidumbre Europa se encuentra en una situación inmejorable para impulsar a escala mundial una nueva organización social y política basada no ya en intereses, sino, sobre todo, en valores.

Necesitamos un nuevo y verdadero pacto constitucional europeo respetuoso con todos los derechos fundamentales y que otorgue un protagonismo real tanto a las personas y organizaciones de la sociedad civil europea como a las entidades que conforman esa realidad plural y diversa que es Europa. Europa se enfrenta a uno de los desafíos más complejos y a la vez ilusionantes de toda su Historia: construir un nuevo modelo de convivencia política, una nueva forma de democracia que, más allá de la mera yuxtaposición de los sistemas políticos actuales, sea capaz de acoger y desarrollar una nueva sociedad basada en la libertad, la igualdad, la equidad, la solidaridad, la justicia social, la diversidad y el desarrollo sostenible.

Por ello, hay que exigir desde una rebelión cívica otra construcción europea, hay que apoyar a quien de forma sincera nos proponga una Europa más social, más abierta a la realidad de las naciones sin estado, a la superación de los egoísmos estatales, a la potenciación de una verdadera Europa de los ciudadanos y de los pueblos europeos, superando el exclusivo protagonismo de los estados.

Hay que apostar por un liderazgo inequívocamente fuerte para reorientar bien la empresa común que representa Europa. El punto débil de la UE ha sido otorgar prioridad al mercado con respecto a la política y a sus destinatarios, los ciudadanos. Vivimos en una democracia dispersa e individualizada, donde el «sálvese quien pueda» triunfa, en la que a los dirigentes les cuesta determinar con claridad los objetivos de una comunidad ciudadana. Y crece el sentimiento de alejamiento entre los dirigentes y los ciudadanos, y el poder y la política en general escapan de las manos de los líderes políticos sin que llegue a los ciudadanos. Si la UE quiere sobrevivir, sus representantes deberían dejar claro cuál es su objetivo. Seguir sin rumbo, como hasta ahora, sacrificando la integración en beneficio de la ampliación no es el camino. Tampoco pasa su futuro, probablemente, por convertirse en una federación (difícilmente habrá alguna vez consenso unánime, necesario conforme al Tratado de Lisboa para su reforma, en torno a esta idea federalizante), sino en una Unión dotada de una Constitución, orientada hacia el exterior, que proteja y potencie su diversidad, que admita realidades políticas más allá de los Estados y que delimite bien su ámbito de integración territorial.

La mejor y única opción es volver a los orígenes, en este caso, a los de la Unión. La Europa unida era desde el inicio el proyecto político de la unificación del continente. Un proyecto para construir una federación de naciones en torno a un proyecto de futuro compartido.